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Cómo amar al otro

La búsqueda de Haddasa

Por: Diego Alejandro Polo Salazar

 

Hace muchos años, incluso desde el nacimiento de la humanidad, se ha buscado entender algo que es inherente al ser humano, ese algo es el querer o el amor, según la fuerza con la que se quiera expresar.

Para los antiguos griegos se tenía la creencia de que, en el nacimiento de Afrodita, hubo entre los dioses una gran juerga, en la que se hallaba Poros: la personificación de la riqueza, la abundancia y las oportunidades.

Al terminar la fiesta, quien decidió aparecer fue Penia, la personificación de la pobreza, la penuria y la escasez; llegó al salón donde los dioses se habían reunido y fue en busca de las sobras de comida o desperdicios que le sirviesen; sin embargo, Penia se halla a Poros, retumbado en un sofá por lo embriagado que se hallaba a causa de la manera excesiva con la que bebió néctar, pues en esa época no se hacía uso del vino.

Entonces, Penia, agotada y estrechada por su estado de penuria, decidió tener un hijo con Poros y, tras un éxito con el deseo que tuvo, se convirtió en bella madre del amor o eros, como lo quieran llamar. A razón de ese evento y la concepción de ese fruto nacido de poros y Penia, nace Eros.

 

Tal aspecto explica el porqué de lo difícil de interpretar el amor y sus facetas, pues Eros o el Amor se entiende en las dificultades, la escasez y la austeridad por la naturaleza de Penia, pero también se entrevé desde el éxtasis, la lujuria, la abundancia y los excesos, por la naturaleza de poros. No hay sabiduría o razón que valga, a veces uno puede refugiarse desde la herencia de Penia y muchas otras veces en la de Poros.

El ejemplo anterior es de un uso meramente metafórico, pues el verdadero desafío del hombre se encuentra en el amor que tenemos hacia los demás, poder sentir el dolor propio y el ajeno, tener empatía con nuestros hermanos, así como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo han tenido con nosotros a lo largo de la existencia.

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El hombre que ama verdaderamente está dispuesto a entregar su vida por el otro, porque no hay acto más valiente que dar el don más preciado que se nos ha otorgado para la ayuda del prójimo, y quizás eso es lo que más falta hace en nuestros días, pues, para nadie es ajeno que el ser humano actual se haya en un individualismo retórico y alejado de la realidad de nuestro mundo.

La humanidad solo progresa cuando las sociedades se construyen en pro del amor y el servicio al otro. Se pasan siglos y siglos en guerras o disputas injustificadas; el amor no es solamente el expresar un sentimiento de afecto, es ser capaz de mirar al otro como un igual y entender que las diferencias entre nosotros es lo que nos hace grandes, las diferentes formas de entender lo que nos rodea y darle un sentido al por qué de nuestra existencia.

Los antiguos hebreos tenían un nombre muy popular para sus mujeres, y era: Hadassa, que significa el árbol que florece. Justamente un árbol que florece puede ser la representación de una plantación que da frutos dulces y muy buenas cosechas, algo similar a una mujer, sinónimo de vida y amor, dulzura y entrega al hijo.

La sociedad debe buscar a Hadassa, ya no solamente entendiéndose como lo era su origen etimológico, sino como una búsqueda del amor en cada uno de nosotros, en nuestras raíces y dentro del ser, pues no hay una vida más plena ni más llena de buenas cosechas cuando todo se hace con amor, para mi, para el otro y para con Dios.