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Beata María Magdalena Martinengo I Santo del día I Amén Comunicaciones

Beata María Magdalena Martinengo

Virgen Capuchina

» Vivió la caridad heroica»

Maria Magdalena Martinengo, fue una de las más grandes ascetas que se conocen, llegando en sus penitencias, a lo supra heroico. Nació el 4 de octubre de 1687, en Brescia. (Italia). Hija del conde Leopardo Martinengo y la noble Margarita Secchi. Nació con una naturaleza tan frágil que nadie pensó sobreviviría. Por la gravedad, fue bautizada con urgencia por temor de no alcanzar a recibir este Sacramento.

Margarita fue el nombre de pila. La madre falleció cuando la niña tenía 5 meses de nacida. Durante varios meses Francisco Leopardo Martinengo, fue feliz por acoger a la niña en la familia que contaba ya con dos varones y siendo viudo, vivió con zozobra por la salud de la pequeña que estuvo más cerca de la muerte que de la vida.

Desde muy niña, mostró devoción y amor por la mortificación. A los 6 años inició la lectura del Breviario y llevaba consigo una corona de espinas, prefería esto que andar jugando. El día de su Primera Comunión, con el que tanto soñó porque anhelaba recibir a Cristo, vivió la angustia al ver que la Sagrada Forma se caía al suelo. Le quedó una impresión y siempre “Un frío Mortal invadía su alma y su cuerpo”. Con 13 años consagró en privado, su virginidad. Siguió la formación en el monasterio de Santa María de los Ángeles donde residían dos tías suyas. Luego pasó al convento de las Agustinas para terminar su formación.

Sintió un pequeño gozo: “Escucha Hija, olvida tu pueblo y la casa paterna”. Ella dijo: “Empecé a experimentar el amor a la Sagrada Eucaristía, la necesidad de estar más unida a Cristo”. y tener dolor de mis pecados. Aumentó la mortificación, con ayunos, disciplinas, cilicios, con tal de asemejarse más a Cristo Redentor. Llevaba una vida de intensa piedad y apasionada por la vida de los santos. Era muy generosa y ayudaba a los pobres.

En 1704 su padre estaba al mando de la tropa veneciana, fue llamado por Margarita para decirle sobre sus deseos de ser Capuchina. Comunicarle este plan de Consagración a Dios, le generó sufrimiento, temor y duda. Su padre no pensó ni por asomo que la hija, a quien tanto protegía, le planteara ingresar al convento. Al saberlo, ideó todas las formas posibles para disuadirla. En el empeño le ayudaron los hermanos y hasta las tías de Margarita. Consideraron que le convendría más un buen matrimonio. Y ¿Cómo podría sobrevivir en un Monasterio alguien que tenía tan mala salud? Estos eran sus argumentos pero ella se empeñó, libró una lucha sin Cuartel, de la cual salió vencedora.

En 1705, a los 18 años, se integró en la comunidad de las Capuchinas de Brescia. Consideró que viviendo el carisma de esa comunidad, cumplía la voluntad de Dios. Inició el particular calvario que duró 30 años, tomó el nombre de Magdalena. La superiora, la maestra de novicias y hasta la última de las religiosas la maltrataron, con humillaciones, sembrando recelos y desconfianza hacia ella. Una de las hermanas pensó y así lo manifestó: que su presencia en el convento hundiría a la Orden. Pero el día de la convocatoria en la cual todas las religiosas debían expresar el juicio respecto a su permanencia en el Convento, por
unanimidad fue aceptada.

Ella continuó con la vida de penitencia, ante el asombro de los confesores, quienes no la comprendían y el desprecio y agravios de la abadesa y de otras hermanas. Fue cocinera, portera y maestra de novicias en tres ocasiones, hasta ser elegida Abadesa. Las mortificaciones severas respondían a la ferviente petición de que Cristo no le ahorrase ningún sufrimiento. Fuera de lo cotidiano añadía otras mortificaciones para no vivir ni un minuto sin padecer por Él. Sufrió muchas tentaciones, pasó por encima de las falsas acusaciones y la soledad a la cual fue condenada temporalmente, le impidieron comentar y compartir asuntos
espirituales con las novicias. Todo logró superarlo por la gracia de Dios y salió fortalecida en las tribulaciones, sufrimientos y contradicciones. Su mayor anhelo era Ser Santa. Vivió siempre con mansedumbre, caridad heroica fiel al carisma Franciscano y amante del silencio. Bendecida con numerosas gracias y dones espirituales. Al final de su vida, contando ya con el amor de sus
hermanas de Comunidad y rodeada por ellas murió el 27 de julio 1737, tenía 50 años. El papa León XIII la beatificó el 3 de junio de 1900.

Enseñanza para la vida:

Cumplir la misión que tenemos en la vida y llevar a cabo los proyectos personales, implica Cruz, sufrimiento, incomprensión, rechazo, pero haciendo la Voluntad de Dios y confiando en Él, podemos lograr salir victoriosas.