Inicio / Crece en la fe / San Jerónimo I Santo del día I Amén Comunicaciones
Generic filters

Filtro

filtro crece en la fe
filtro vive con sentido
filtro BUENAS NOTICIAS

San Jerónimo I Santo del día I Amén Comunicaciones

San Jerónimo

presbítero y doctor de la Iglesia

«Ignorar las escrituras, es ignorar a Cristo»

Celebra hoy la Iglesia la memoria obligatoria de San Jerónimo, uno de los 4 doctores originales de la Iglesia latina. Es el padre de las Ciencias Bíblicas por su dedicación al estudio de las Sagradas Escrituras y porque realizó la traducción de la sagrada Biblia al latín, la “Vulgata” que por más de mil años, influyó mucho en la Iglesia de Occidente. Su nombre era Eusebio, por su padre. Jerónimo, (apodo), significa: “Aquél que lleva un nombre sagrado”.

Nació 347 en Estridón, (Yugoeslavia), en una familia cristiana y acomodada. Fue enviado a Roma para continuar los estudios, bajo la dirección del gramático Donato (pagano). Sin la guía del padre y bajo la tutela de un maestro pagano, olvidó algunas de las enseñanzas inculcadas desde niño. Terminó sus estudios sin adquirir los vicios de la juventud romana, pero ya era ajeno al espíritu cristiano y adicto a las vanidades y lujos de sus compañeros.

En Roma estuvo 3 años, fue Bautizado y viajó a Tréveris para ampliar sus conocimientos. Allí renació el espíritu religioso, arraigado en el fondo de su alma y desde entonces, su corazón se entregó a Dios. Hacia el 366, se trasladó a Aquilea
donde se orientó hacia la vida ascética y se integró en un grupo de cristianos fervorosos, una especie de “Coro de bienaventurados” en torno del obispo Valeriano. Luego viajó a Oriente y vivió como eremita en el desierto de Calcide, donde pasó en diálogo con su alma.

Dedicado al estudio perfeccionó el griego, e inició el estudio del hebreo. La meditación, la soledad, el contacto con la Palabra de Dios, le ayudó a madurar su sensibilidad cristiana. Tuvo además una “visión” , en ella le pareció sentir que era flagelado en presencia de Dios, por ser “Ciceroniano” y no cristiano. A raíz de esta visión dejo el estudio de los cásicos profanos y profundizó en el estudio de la Biblia.

Estuvo en este desierto un tiempo dedicado al ascetismo, la penitencia, el ayuno, la oración. Ahí soportó grandes sufrimientos por los quebrantos de salud, pero sobre todo, por las terribles tentaciones carnales, la sensualidad, el mal genio y orgullo. Fue un período de luchas espirituales muy fuertes y como no lograba tener paz, descubrió que ese estilo de vida no era para él.

En Antioquía fue ordenado sacerdote, de allí pasó a Constantinopla, para continuar el estudio de las Sagradas Escrituras bajo la dirección de san Gregorio Nacianceno y San Gregorio de Niza.

San Jerónimo regresó a Roma, para participar en el concilio convocado por el Papa Dámaso quien conoció su fama de asceta y su talento en el estudio, lo llevó como secretario y consejero; le animó a emprender una nueva traducción latina de los textos bíblicos por motivos pastorales y culturales.

Después de la muerte del Papa Dámaso, y ante envidias y rencores, Jerónimo dejó
Roma en el año 385, e inició hacia Tierra Santa una peregrinación, y después a Egipto, tierra elegida por muchos monjes. Se detuvo en Belén, y por la generosidad de una mujer noble, Paula, construyeron un monasterio masculino, uno femenino, y un hospicio para los peregrinos que viajaban a Tierra Santa, «pensando en que María y José no habían encontrado albergue» Se quedó en Belén hasta la muerte.

Continuó una intensa actividad: comentó la Palabra de Dios; defendió la fe, se opuso a las herejías; a los monjes los exhortó a la perfección; enseñó cultura
clásica y cristiana a jóvenes; acogió a los peregrinos con espíritu pastoral. Falleció en su celda, junto a la gruta de la Natividad, el 30 de septiembre de 420.

La formación literaria y su amplia erudición le permitieron revisar y traducir muchos textos bíblicos. Se basó en los textos originales en griego y en hebreo, los comparó con las versiones precedentes. Revisó los cuatro evangelios en latín, luego los Salmos. Teniendo en cuenta el original hebreo y el griego de los Setenta, la clásica
versión griega del Antiguo Testamento, Jerónimo, pudo ofrecer una traducción mejor: constituye la así llamada «Vulgata», el texto «oficial» de la Iglesia latina, que fue reconocido como tal en el Concilio de Trento y que, después de la última  revisión, sigue siendo el texto “Oficial” de la Iglesia en latín.

Jerónimo, además, comentó muchos textos bíblicos. Refutó a los herejes que rechazaban la fe de la Iglesia. Escribió biografías puras de monjes, ilustró con otros itinerarios espirituales el ideal monástico. Se destacó por ser un apasionado por las Escrituras, y puso el centro de su vida en la Palabra de Dios. Hombre culto, asceta y guía de las almas.

Para San jerónimo, dialogar con Dios y su Palabra, es presencia del Cielo. Familiarizarse y meditar en los textos bíblicos genera alegría, porque es vivir en la tierra, el Reino de los Cielos. Acercarse a los textos bíblicos sobre todo al Nuevo Testamento es esencial para el creyente, porque ignorar la Sagrada Escritura, es ignorar a Cristo. Leer la Escritura es conversar con Dios y hace al hombre sabio
y sereno. Fue proclamado Doctor de la Iglesia el 20 de septiembre de 1295, por el Papa Bonifacio VIII

Enseñanza para la vida:

Amar la Palabra de Dios. Ella nos permite entrar en contacto y diálogo personal con el Señor. No leerla como una Palabra del pasado, sino como la Palabra de Dios que hoy es actual, para cada uno. Ser coherentes en la vida, con la Palabra y descubrir a través de ella la Voluntad de Dios.

Escucha el relato del santo del día