San Bernardino Realino
Presbítero Jesuita
«Solo encuentro consuelo en DIOS y me entrego a su Voluntad»
San Bernardino Reatino nació en Carpi, Módena (Italia) el 1 de diciembre de 1530. Su familia pertenecía a la nobleza provinciana. La educación del pequeño Bernardino estuvo confiada a su madre, Isabel Bellantini.
Ella además de sus desvelos por él, le inculcó una tierna devoción a la Virgen María.
Fue bautizado en la fiesta de la Inmaculada Concepción. El nombre Belarmino fue en honor a San Bernardino de Siena, quien una vez se hospedó en la familia de su madre. Era un niño amable y alegre con todos. Profesó gran cariño a su madre. Murió cuando él todavía era muy joven y su recuerdo le generó tristeza. En Carpi inició sus estudios de literatura clásica, pasó a Módena y luego a Bolonia.
Allí terminó sus estudios de filosofía y se preparó para la carrera de Derecho. Tuvo una juventud alegre. Hizo poesía y se enamoró, como cualquier joven de su edad. En una iglesia, encontró a una joven, Corina y quedó prendado de ella, por su belleza. Culta, dominaba la literatura, la filosofía y era profundamente piadosa.
Él estudió Derecho y en 1546 a los 25 años se doctoró en Derecho Canónico y Civil. Desde ese momento desempeñó cargos como alcalde y fiscal en distintas ciudades.
El marqués de Pescara quedó muy contento de su trabajo y siendo gobernador lo llevó
Para Nápoles como Oidor y lugarteniente general. A fines de 1561 falleció Clorinda. La noticia le causó en el alma un dolor y herida grande, Decía a su hermano: «No encuentro otro consuelo sino en Dios. Me entrego a su Voluntad”.
Paseando por las calles de Nápoles, se encontró con dos jóvenes religiosos. Su santa alegría le impresionó. Les preguntó quiénes eran, Jesuitas respondieron. El domingo fue a la Misa en la iglesia de los Jesuitas. Al escuchar el sermón del Sacerdote, se conmovió, oró y tomó la decisión de seguir a Cristo. Pero ¿Qué hacer? Un día en septiembre de 1564, Bernardino oraba y pedía a María la Luz sobre su futuro. Lo rodeó un resplandor que dejó ver a la Reina del Cielo con el Niño Jesús en los brazos. María, con una mirada tierna, le ordenó entrar cuanto antes en la Compañía se Jesús. Bernardino, al entrar en el Noviciado con 34 años de edad, fue recibido por el Padre Alonso Salmerón, uno de los primeros compañeros de San Ignacio de Loyola.
A los tres años, mayo 24 de 1567 lo ordenó Sacerdote el Arzobispo de Nápoles Mario Caraffa. Su primera misa fue en la fiesta del Corpus Christi. En Nápoles permaneció tres años. Catequizaba, visitaba los enfermos, los presos. Se ganó el aprecio por su bondad y entrega, fue destinado a Lecce, como superior para abrir un colegio. Llegó a la ciudad en diciembre e Inició la construcción de la iglesia de Jesús y a los dos años la terminó. Luego inauguró el Colegio y fue nombrado primer rector.
Realizó su apostolado con toda clase de personas. Dirigió la Congregación Mariana, ayudó a pobres, enfermos, encarcelados y esclavos turcos. Con bondad y caridad a todos brindaba ayuda y excelente asistencia espiritual. Era un excelente confesor, acudían a él los prelados y caballeros, por su fama de Santo. Los superiores de la Compañía intentaron, trasladarlo varias veces, pero el pueblo hacía tumultos protestando y siempre pasaba algo meteorológico, él enfermaba e impedía su traslado.
Recibió grandes favores del cielo como apariciones de la Virgen María con el Niño en sus brazos. Le dijo un día “¿Por qué tiemblas, Bernardino?», «Estoy tiritando de frío», le respondió. La Buena Madre, con una ternura indescriptible, alarga sus brazos y le entrega el Niño Jesús.
Llegó el año 1616. La vida del padre se extinguía. «Me voy al cielo», dijo con la jaculatoria «Oh Virgen mía Santísima» lo cumplió, murió el día 2 de julio de 1616.
Fue canonizado por el Papa Pío XII el 22 de junio de 1947. Es Patrono de la ciudad de Lecce. Se destacó a lo largo de su vida por: la sencillez, caridad, bondad, entrega total, cuidado con esmero de los enfermos y dedicación a la Confesión. Gran Devoción a la Virgen María.
Enseñanza para la vida:
La Santidad se puede lograr a través de una vida sencilla, realizando lo cotidiano con Amor y entregándose a quienes nos necesiten, con el Amor de Jesús, con Bondad, Paciencia, Delicadeza, Caridad y Respeto
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