Visitación de la Santísima Virgen María
Celebra hoy la liturgia de la Iglesia la fiesta de la Visitación de la Virgen María, a su prima santa Isabel. La
fiesta se originó en el siglo XIII cuando San Buenaventura la introdujo como una celebración propia de la
orden franciscana. En 1389, el papa Urbano VI, la inscribió en el calendario romano para el 2 de julio, En el
concilio Vaticano II, se trasladó para el 31 de mayo, para finalizar el mes de mayo, dedicado a honrar a la
Santísima Virgen María.
Según narra el evangelista Lucas, el ángel Gabriel le dijo a María que así como ella iba a ser la madre de
Jesús, su prima Isabel también estaba encinta, esperaba un hijo y ya estaba de seis meses. (Lucas, 1.
36). Luego de este anuncio, María se levantó, se puso en camino, se sintió iluminada por el Espíritu Santo
y comprendió que debería ir a visitar a aquella familia a ayudarles y además a llevarles las gracias y
bendiciones del Hijo de Dios que se había encarnado en ella. María de prisa se fue a visitar a su prima,
Isabel (Lucas 1,39) para servirle. No fue como reina y señora, sino como sierva humilde y fraterna.
Movida por la caridad, no se detuvo ante las dificultades y peligros del viaje desde Nazaret de Galilea,
atravesó Samaría y llegó a Aín_Karim al sur de las montañas de Judea. Ella, por primera vez, llevó a
Jesús en medio de los hombres.
En el relato de la Visitación, san Lucas muestra cómo la gracia de la Encarnación, después de inundar a
María, llevó la salvación y alegría a la casa de Isabel. El Salvador de los hombres oculto en el seno de su
Madre, derramó el Espíritu Santo, y se manifestó desde el comienzo de su venida al mundo.
San Lucas invita ver a María como la primera evangelizadora que difunde la buena nueva, comenzando
los viajes misioneros de su Hijo divino.
Con su visita a Isabel, María realizó el inicio de la misión de Jesús y, colaboró desde el comienzo de su
maternidad en la obra redentora del Hijo. Es el modelo de quienes en la Iglesia se ponen en camino para
llevar la luz y la alegría de Cristo a los hombres de todos los lugares y de todos los tiempos, fue la primera
marcha misionera de María. San Ambrosio anota que fue María quien se adelantó a saludar a Isabel puesto que es la Virgen María la que siempre se adelanta a dar demostraciones de cariño a quienes ama.
El encuentro con Isabel presenta rasgos de un gozoso acontecimiento salvífico y supera el sentimiento
espontaneo del vínculo familiar. Ante la turbación por la incredulidad reflejada en el mutismo de Zacarías,
María irrumpe con la alegría de su fe pronta y disponible: «Entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel» (Lc 1, 40). San Lucas dice que «cuando oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su vientre » (Lc 1, 41).
El saludo de María suscitó en el hijo de Isabel un salto de gozo. La entrada de Jesús en la casa de Isabel,
gracias a su Madre, transmitió al profeta que nacerá la alegría que el Antiguo Testamento anunció como
signo de la presencia del Mesías.
Al encontrarse gozosas las dos futuras madres, el Redentor que venía al mundo santificó a su precursor Juan Bautista, que estaba en el seno de Isabel. Jesús por medio de la visita de María, llevó a aquel hogar muchos favores y gracias: el Espíritu Santo a Isabel, la alegría a Juan, el don de Profecía y son los primeros milagros que hizo en la tierra el Hijo de Dios encarnado.
Con el saludo de María, Isabel sintió la alegría mesiánica, «quedó llena de Espíritu Santo; y exclamó con
gran voz: “Bendita tu entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno´» (Lc 1, 41¬42). Por una iluminación
superior, ella comprendió la grandeza de María, ser bendita por el fruto de su seno; Jesús el Mesías.
La exclamación de Isabel «con gran voz» manifiesta un verdadero entusiasmo religioso, que la plegaria del
Avemaría sigue haciendo resonar en los labios de los creyentes, como cántico de alabanza de la Iglesia por
las maravillas que hizo el Poderoso en la Madre de su Hijo. Isabel, proclamándola «bendita entre las mujeres» indica la razón de la bienaventuranza de María en su fe. «¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1,45).
Ante la excelencia de María, Isabel comprende también qué honor constituye pare ella su visita: «De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1, 43). Con la expresión «mi Señor», Isabel reconoce la dignidad real, más aun, mesiánica, del Hijo de María.
En la Visitación, la Virgen lleva a la madre del Bautista el Cristo, que derrama el Espíritu Santo. Las mismas
palabras de Isabel expresan bien este papel de mediadora: «Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo saltó de gozo el niño en mi seno» (Lc 1, 44). La respuesta de María luego de las palabras de Isabel, fue la proclamación del “Magnificat”, alegre cántico de acción de Gracias, que refleja la naturaleza de su alma Inmaculada.
Enseñanzas para la vida:
María fue la portadora de Jesús, lo llevaba en su seno y llenó, con su presencia, la casa de su prima Isabel de gracias, bendiciones, y alegría. Es la muestra de su profunda e íntima unión con Jesús. Santificó al niño que Isabel llevaba en su vientre y la llenó del Espíritu Santo. María ejemplo de caridad servicial, se mostró como la gran servidora de Dios, al oír el anuncio del ángel, sobre el embarazo de Isabel, se dispuso y de inmediato emprendió el viaje para acompañarla y servirle. Preguntémonos si somos portadores de Jesús, en la familia, el trabajo, la convivencia, en el servicio a los demás, en la evangelización. Somos llamados a servir a los demás de manera desinteresada, con caridad, bondad, amor, y no buscar recompensa y reconocimiento.
Oración del Magníficat
Proclama mi alma la grandeza del Señor, se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador, porque ha mirado la humillación de su esclava. Desde ahora me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí. Su nombre es Santo y su misericordia llega a sus fieles de generación en generación.
Él hace proezas con su brazo, dispersa a los soberbios de corazón. Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes. A los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos.
Auxilia a Israel su siervo, acordándose de su santa alianza según lo había prometido a nuestros padres en favor de Abrahán y su descendencia por siempre. Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo como era en el principio ahora y siempre por los siglos de los siglos.
Amén.
Escucha y medita el relato del Santo del día.
