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Santo Domingo de Guzmán

presbítero fundador

“Vivir con Cristo y configurarse en Él”

Fundador de los Frailes Dominicos, (Orden de Predicadores). Recibió de la Santísima Virgen el Santo Rosario, contemporáneo de San Francisco. Domingo significa “Consagrado al Señor”.
Nació en Caleruega (España), 1170, en una familia de Santos: su padre don Félix de Guzmán, (reconocido como Venerable) su madre Juana de Aza (Beata), mujer de admirable virtud, lo educó con estricta formación religiosa. Antonio, su hermano (Venerable) y Manés otro hermano (Beato). A los 6 años lo entregaron a un tío que era arcipreste, para la educación literaria.

Con 14 años, fue a vivir con un tío sacerdote a Palencia para estudiar ciencias humanas y Teología. Su goce especial, leer libros religiosos y hacer caridad a los pobres. Una gran hambre sobrevino a la región. Él, compadecido de los pobres, les entregó sus pertenencias. Cuando ya solo tenía los libros que mucho apreciaba, los vendió junto con el ajuar y distribuyó el dinero entre los más pobres. A quienes lo criticaban por esto, les decía: “No quiero estudiar sobre pieles muertas y que los hombres, mueran de hambre”.

Permaneció en Palencia 4 años. Se destacó por su intensa vida de oración, pasaba días y noches enteras orando y así lo hizo siempre en su vida. El obispo de Osma lo hizo canónigo regular de la Catedral. A los 25 años fue ordenado Sacerdote. Allí se desempeñó como un humilde ministro de la predicación, vivió en voluntaria pobreza, hablaba siempre con Dios, o acerca de Dios.

De viaje, en misión diplomática, acompañó al obispo. Recorrió el sur de Francia y otros países, constató que los herejes (albigenses y cátaros) invadieron regiones enteras y hacían un gran mal a las almas. Con un grupo de compañeros y el obispo se entregaron de lleno a la vida apostólica, en total pobreza viviendo de la limosna, sin comodidades, caminado descalzo y por la santidad de vida lograron grandes éxitos apostólicos.

Las armas para convertir eran: oración, paciencia, penitencia e instrucción religiosa a los ignorantes. Domingo llevaba ya 10 años predicando al sur de Francia, convirtiendo herejes. Pensó en fundar con sus compañeros de Evangelización una Orden de predicadores y llevar a todas partes la Luz del Evangelio y renovar en la Iglesia la manera apostólica de vida. Pidió a sus hermanos religiosos la entrega al servicio de los demás, con
oración, estudio y el ministerio de la Palabra. La misión de la Nueva Orden era predicar para llevar las almas a Dios, y allí encontró grandes dificultades.

En principio el Papa, dudaba de si conceder o no el permiso para fundar la nueva comunidad religiosa, pero la Virgen vino en su Auxilio y una noche estaba en oración y en una Revelación, la Virgen le entregó el Rosario como arma poderosa para ganarle al mal. En agosto de 1216 fundó Santo Domingo su Comunidad de predicadores, con 16 compañeros, los preparó y envió a predicar. El 21 de enero de 1217, el Papa Honorio III, aprobó definitivamente la Orden de los predicadores, Dominicos. El Santo, les dejó normas que les han hecho mucho bien: 1º. Contemplar, y después enseñar. 2º. Predicar siempre y en todas Partes. (Predicar, catequizar, propagar el Evangelio). 3º. Crecer en el amor a Dios y en la caridad hacia los demás. 4º. Tener un gran deseo de salvar almas. 5º. Conservar la humildad. 6º. Vivir pobreza voluntaria. Fue un hombre sencillo, de profunda vida interior.

Vivir con Cristo y configurarse con ÉL era su Pasión. Hacía estrictas penitencias: 40 días de ayuno a pan y agua.
Dormía sobre duras tablas. Caminaba descalzo por caminos pedruscos, y senderos cubiertos de nieve. Soportaba los más terribles insultos sin responder ni una sola Palabra. Era el hombre de la alegría y del buen humor, siempre tenía un rostro alegre, amable. Sus compañeros decían: “De día nadie más comunicativo y alegre. De noche, nadie más dedicado a la oración y a la meditación”. Pasaba noches enteras en oración.

Sus libros favoritos eran el Evangelio de San Mateo y las cartas de San Pablo. Totalmente desgastado de tanto trabajar y sacrificarse por el Reino de Dios a principios de agosto del año 1221 se sintió falto de fuerzas. Estaba en Bolonia, la ciudad donde vivió sus últimos años. El 6 de agosto de 1221, mientras le rezaban las oraciones por los agonizantes cuando le decían: “Que todos los ángeles y santos salgan a recibirte”, dijo: “¡Qué
Hermoso, qué hermoso!” y expiró. A los 13 años de su muerte, el Papa Gregorio IX lo Canonizó en 1234, y exclamó al proclamar el decreto de su Canonización: “De la Santidad de este hombre estoy tan seguro, como de la Santidad de San Pedro y San Pablo”.

Enseñanza para la vida:

Hoy, el testimonio de alegría, paz, servicio, amor, entrega a los demás, es una manera de predicar el Evangelio de Jesús e invitar a otros a seguirlo

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