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Santa Rosa de Viterbo

Virgen

“Enamorada de la penitencia”

La Liturgia hoy hace memoria de Santa Rosa de Viterbo, Virgen perteneciente a la tercera Orden
Franciscana y patrona de la juventud franciscana. Nació en Viterbo, (Italia) 1234. Sus padres
eran pobres trabajadores, excelentes cristianos. Desde niña, Rosa dio muestras de singular
bondad. Por su virtud y devoción infantiles, sus allegados se dieron cuenta de que Dios tenía
grandes planes sobre ella. No participaba de los juegos propios de su edad, pasaba largos ratos
ante las imágenes de los santos, sobre todo las de la Virgen Santísima.

Siendo muy pequeña sintió deseo de vivir en soledad, y fue una enamorada de la penitencia. De gran austeridad en la comida, pasaba días enteros solo con un poco de pan. En Viterbo había un convento de monjas, el de San Damián. Rosa acudió pero no fue recibida por ser niña y pobre. A los 7 años convirtió su casa en una especie de claustro, recogida en un aposento retirado, dedicaba muchas horas a la oración y se excedía en duras penitencias corporales, llegando hasta perder el conocimiento y poner en grave peligro su vida. Los de su casa intentaron apartarla del camino emprendido, pero ante la gracia humano-divina reflejada en su persona, desistieron.

A los ocho años, por sus duras penitencias, contrajo una grave enfermedad por 15 meses. Tuvo una visión de la Virgen María, quien le mandó tomar el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, pero sin alejarse de su casa, para que diera ejemplo de palabra y de obra a familiares y vecinos. Rosa, cuando se recuperó recibió el hábito de penitente, por iniciativa propia, se entregó a la contemplación de los sufrimientos de Nuestro Señor y a la reflexión de la ingratitud de los pecadores.

Siguió con la la austeridad de vida. Con 12 años de edad, Rosa empezó a predicar por las calles, azuzando al pueblo a combatir a Federico II y luchar para arrojar de la ciudad la guarnición de los gibelinos (opuestos l papa). Sus palabras simples y vibrantes produjeron efecto. Las multitudes acudían frente a su casa, con la esperanza de oírla. Su padre se asustó y le prohibió salir a la calle bajo la amenaza de una paliza, si desobedecía. Ante las amenazas, Rosa replicó: “Si Jesús, por mi causa fue golpeado, yo puedo ser golpeada por causa suya. Haré lo que Él me dijo que hiciera, no puedo desobedecerle”.

Por petición del párroco el padre accedió y durante 2 años seguidos Rosa predicó en pro de la causa del Papa en las calles de Viterbo. No faltaron contradicciones, ni penas, los partidarios de Federico II, enemigos de la Santa Sede, la hicieron objeto de sus ataques, e intrigaron para que Rosa fuera condenada a muerte, por ser una amenaza y un peligro para el Estado. Tras las burlas y calumnias vino el destierro. Con sus padres, en la noche salió de Viterbo. Agotados por el cansancio y sufrimiento, llegaron al día siguiente a Soriano.

Rosa no dejó de predicar y, se dedicó a recorrer las calles, como una iluminada, anunció a voz
en cuello, la próxima muerte del emperador Federico II. El día 13 de diciembre, para asombro de
todos los que escucharon su vaticinio el invasor murió en la Apulia. Luego el partido del Papa,
dominó la situación en Viterbo y Rosa regresó a su ciudad natal. Al volver a Viterbo, intentó
ingresar en el convento de Santa María de las Rosas, pero la madre abadesa se negó a admitirla
por falta de dote. “Muy bien, dijo Rosa con una sonrisa amable: por ahora no me queréis aquí, tal vez vuestra reverencia tenga mejor voluntad de recibirme cuando esté muerta”.

El párroco puso mucho empeño en ayudarla y le construyó una capilla cerca del convento y una casa adjunta para que Rosa y algunas compañeras se entregaran a la vida religiosa. Allí floreció una
comunidad que tomó la regla de la Orden Tercera de San Francisco, pero las monjas de santa
María recibieron orden del Papa Inocencio IV de clausurar la nueva capilla y la casa. Rosa
regresó a la casa de sus padre, continuó allí en retiro, con sus acostumbrados ejercicios de
oración y penitencia, agobiando su cuerpo con ayunos, cilicios y disciplinas, con mayor espíritu y
fervor porque sentía más cercano el fin de su vida. Recibió el Viático quedó largo rato en suma
contemplación. Volvió en sí y le administraron la extremaunción. Pidió perdón a Dios de todos
sus pecados y se despidió de sus familiares con exquisita caridad. Jesús y María, fueron sus
últimas palabras. Tenía diecisiete años y diez meses. Murió el 6 de marzo de 1252. Sepultada en
la iglesia de Santa María en Podio, pero el 4 de septiembre de 1258, su cuerpo fue trasladado a
la iglesia del convento de Santa María de las Rosas, como ella lo había predicho. Santa Rosa de
Viterbo está incorrupta, sin ningún tipo de embalsamamiento. Su cuerpo se conserva en una
bellísima urna de plata y oro en Viterbo, de donde es patrona. Fue canonizada en 1457

Enseñanza para la vida:

A todos se nos ha dado una misión para cumplir, solo si escuchamos la voz de DIOS, podemos descubrir cuál es su Voluntad para nosotros, responder con generosidad y entregarnos con Amor a sus designios.

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