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San Salomón Leclerc

Religioso lasallista, mártir

“Patrono de los cristianos perseguidos”

La Liturgia hoy hace memoria de San Salomón Leclercq, mártir, de la Revolución Francesa,
miembro de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Nació en Boulogne-sur-Mer (Francia), el
14 de noviembre de 1745. Su nombre era Guillaume-Nicolás-Louis Leclercq; Su padre fue un
rico comerciante. Nicolás acudió a la escuela comercial de los Hermanos de las Escuelas
Cristianas que dirigían en aquella ciudad. Esta circunstancia, unida a la educación cristiana
que recibió en su familia, preparó el terreno para su futura vocación.

Los planes de su padre se orientaban a preparar a su hijo para sucederle en su trabajo. De hecho, apenas Nicolás terminó los cursos escolares, lo puso a trabajar con un comerciante cerca de Boulogne y posteriormente lo envió a París con otro comerciante amigo suyo. El ambiente en que se movía, sobre todo en París, no era del agrado de Nicolás. Así, después de volver a Boulogne,
manifestó a su padre el deseo de seguir a sus maestros.

El 25 de marzo de 1767 entró en el noviciado de Saint-Yon en Ruan. Pronunció sus votos en
1769 y en septiembre de 1770 fue enviado a enseñar en Maréville. La Profesión Perpetua
fue en 1772. El mismo año de su profesión perpetua fue nombrado ayudante del hermano
Lothaire, director del noviciado de Maréville y luego fue destinado como director.
En 1777 fue nombrado “procurador” de aquella casa que, entre la escuela, los alumnos internos,
las personas que recibían formación y un sector para casos difíciles enviados por el tribunal,
llegaba a contar cerca de 1000 personas. En 1787 participó en el capítulo general, siendo
nombrado secretario del mismo. Al terminar los trabajos capitulares fue llamado a desempeñar la
misma función de secretario, a las órdenes directas del superior general.

Después del derrocamiento de la monarquía, al comienzo de la Revolución francesa, el blanco
siguiente, fue la Iglesia. En 1790, la Constitución civil del Clero, dio al estado el control de la
Iglesia en Francia, Los sacerdotes y religiosos debían prestar juramento de fidelidad a la
Constitución, bajo pena de exilio, de encarcelamiento y hasta la muerte. La mayor parte de los
Hermanos se negaron y tuvieron que abandonar sus escuelas y comunidades, esconderse, el
Instituto ya no tenía estatuto legal.

El Hermano Salomón, en esa época era secretario del Hermano Agathon, Superior General,
después de haber sido maestro, director, ecónomo. Manifestó siempre gran amor por las almas y gran abnegación en sus tareas. En 1791, cuando los Hermanos y el mismo Superior General
abandonaron la casa situada en la Rué Neuve, con la esperanza de que pasara el temporal,
él quedó solo para custodiarla. Vivía en la clandestinidad por negarse a prestar el
juramento. Aun vestido con traje civil, no debió pasar inadvertido, ya que acudía a la iglesia
en la que celebraban misas los sacerdotes que no habían prestado juramento o escapado.
En estas condiciones escribió numerosas cartas a su familia, la última lleva la fecha del 15 de
agosto de 1792. Ese mismo día guardias revolucionarios franceses entraron a su casa, lo
arrestaron y lo condujeron junto a numerosos obispos, sacerdotes y religiosos. al convento de
las Carmelitas, transformado en prisión.

El 2 de septiembre 1792, fue ajusticiado en el jardín del convento, por revolucionarios franceses. El sitio fue teatro de una de las más terribles matanzas que tuvieron jugar durante aquellos años turbulentos:166 entre sacerdotes y religiosos, encarcelados por haberse negado a jurar la Constitución Civil del clero. Fueron masacrados (la mayoría pasados a cuchillo) allí sin ningún juicio y sus cuerpos echados a un pozo o sepultados en fosas comunes escavadas en el jardín del convento.
Fue beatificado el 17 de octubre de 1926 por el Papa Pío XI, junto con 94 compañeros del
martirio en el convento del Carmen. Canonizado por el Papa Francisco el 16 de octubre 16 de 2016. Es Patrono de los Cristianos Perseguidos.

Enseñanza para la vida:

La Persecución religiosa hacia los cristianos, se ha incrementado en los últimos años. Es el martirio de sangre para quienes no reniegan de su fe, y que se mantienen fieles a sus creencias. Solo la fortaleza y la fuerza del Espíritu los puede sostener para ser testigos en un mundo, que necesita recuperar el valor de la fe y de la Esperanza.

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