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San Nicolás de Tolentino

“Protector de las almas del Purgatorio”

La liturgia hoy, hace memoria de San Nicolás de Tolentino, religioso de la Orden de Ermitaños de
San Agustín. El nombre Nicolás significa: “Victorioso con el pueblo” (Nico = victorioso. Laos = pueblo).
El sobrenombre Tolentino le vino de la ciudad donde residió la mayor parte de su vida y murió. Sus
padres luego de muchos años de matrimonio sin tener hijos, y para conseguir del cielo la gracia de
tener un heredero, y que se entregara con fidelidad al servicio divino, peregrinaron al santuario de
San Nicolás de Bari. Al año, nació el niño y al bautizarlo, lo llamaron Nicolás en honor al santo que
escuchó sus plegarias e intercedió ante Dios.

De niño pasaba muchas horas en oración, en una cueva alejada del pueblo, era piadoso, escuchaba la Palabra de Dios, con gran fervor. Amaba a los pobres los llevaba a su casa y compartía con ellos lo que tenía para su subsistencia. Desde su infancia, renunció a todo lo superfluo, y practicaba grandes mortificaciones. Optó por ayunar tres días a la semana, miércoles, viernes y sábados; cuando creció, agregó también los lunes. Solo comía una vez por día, pan y agua. Su mayor deleite era leer buenos libros y practicar sus devociones. Sus padres no escatimaron esfuerzos para responder a sus aspiraciones. Ya joven, y con deseos de entregarse por entero a Dios, entró a un templo, escuchó el sermón de un fraile o ermitaño de la (orden de San Agustín), sobre la vanidad del mundo, Eclesiastés 1,2: “Vanidad de vanidades, todo es vanidad”, así renunció al mundo de manera absoluta, se propuso ser religioso y ser admitido en la Orden agustina.  Entró en el convento del pueblo de Tolentino.

Hizo el noviciado y la Profesión bajo la dirección del mismo predicador antes de cumplir 18 años. Fue enviado a estudiar Teología, y en el seminario lo encargaron de repartir limosna a los pobres en la puerta del convento. Siendo un joven estudiante, lo escogieron para el cargo de canónigo en la iglesia de Nuestro Salvador, lo aceptó por ser oportunidad de estar al servicio de Dios. Pero él aspiraba ser consagrado para dedicar todo su tiempo y pensamientos a Dios.

Pasó por varios conventos y finalmente fue ordenado Sacerdote en 1271 en el convento de Cingole. Con gran celo se entregó a la confesión, predicación y su misión. Numerosas personas asistían a la Misa todos los días por el fervor con el cual celebraba, lo veían como un santo. Una ocasión colocó las manos sobre la cabeza de una mujer ciega y le dijo: “Dios te sanará”, la mujer recobró la vista de inmediato.

Visitó un convento de su comunidad, le pareció muy hermoso y confortable. Quiso pedir que lo dejaran allí y en la capilla oyó una voz que le decía: “A Tolentino, a Tolentino, allí perseverarás”. Comunicó la noticia a sus superiores, y fue enviado a esa ciudad, donde vivió los últimos 30 años de su vida. Al llegar, se dio cuenta de que la ciudad estaba arruinada moralmente, los ciudadanos divididos y llenos de odio. Se propuso pacificar este pueblo, predicó en el templo y en las calles y unió a sus prédicas, el testimonio de vida ascética y de caridad.

No le interesó aparecer como sabio orador, ni ganar aplausos, solo avivarlos por Dios y obtener la
paz. Recorría los barrios más pobres de la ciudad, consolaba a los tristes, llevaba los sacramentos
a los ancianatos, hospitales y prisiones; pasaba largas horas en el confesionario. Sus exhortaciones
traían numerosas conversiones. Con el poder del Señor, obró varios milagros y pedía no decir nada
solo darle gracias a Dios. Tuvo gran devoción por las almas del purgatorio y pedía orar por ellas para aliviar sus penas. El tiempo libre, lo dedicaba a la Oración y Contemplación. Era muy austero. dormía en un lecho de paja y se cubría solo con su manto. Como al Cura de Ars, el demonio le maltrató, lo apaleó y causó heridas. Los últimos años de su vida fueron de enfermedad, prolongada. Sus superiores le ordenaron comer mejor, a pesar de su obediencia, la salud no mejoró. Una noche se le apareció la Virgen María, le dijo que pidiera un pan, lo mojara en agua, se lo comiera y sanaría por obedecer. En gratitud por su recuperación, él empezó a bendecir trozos de pan y al distribuirlos la gente sanaba. Práctica que se conserva en el santuario del Santo: los “Panes de San Nicolás”. La última enfermedad le duró un año y murió el 10 de septiembre de 1305.

Fue enterrado en la Iglesia de su convento en Tolentino, y cuarenta años después de su muerte fue encontrado incorrupto su cuerpo. En esa ocasión le quitaron los brazos y de la herida salió bastante sangre. De ellos, conservados en relicarios, sale periódicamente mucha sangre. Canonizado por el Papa Eugenio IV, el 25 de junio de 1446. En la Basílica conocida como el Santuario San Nicolás De Tolentino, en la Capilla de los Santos Brazos, del siglo XVI, se encuentran reliquias de la sangre que salió de los brazos del santo, en un cofre ubicado encima del altar de plata, está un cáliz, (siglo XV y de plata) que contienes su sangre.
El apoyo en su vida ejemplar, llena del amor a Dios, y dedicada a los hombres, fue la Eucaristía.
Refieren los testigos religiosos y laicos que no dejó de celebrar la Santa Misa aún con los achaques
de la enfermedad. Fue declarado “Protector de la almas del Purgatorio” oraba siempre por ellas.

Enseñanza para la vida:

Los sencillos y humildes de corazón, son los preferidos de Dios, porque se experimentan necesitados de Él. Pidamos al Buen Dios nos conceda la gracia de la humildad, para ser testigos de su Amor y de su Palabra.

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